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En todas las Casas

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Queridas todas y todos: 

Si algo caracteriza a Juana de Lestonnac es la pasión por educar; cuenta la Historia de la Orden que ideó la fiesta de la Niña María que hoy celebramos, “visitando las clases, según su costumbre”1. La pasión nos mantiene en un dinamismo constante, moviliza la vida y el interés por ella, despierta energías y hace que salgamos de nosotros mismos, que despleguemos el amor que llevamos dentro hacia los y lo que nos rodea. 

 

La pasión es la expresión de una llamada interior que estando en nosotros no es nuestra. Nace no como imperativo, sino como respuesta personal, agradecida y libre a esa llamada. La pasión va de la mano de la vocación. La energía creativa de Juana de Lestonnac tiene su fundamento en el fuego que el Señor había encendido en su corazón2, que le llevaba a compartirlo, a ser luz. 

En este hoy de la historia el Señor, en palabras del XVIII Capítulo General, nos recuerda que nuestro mundo necesita esa LUZ y nos desafía a mostrar con mayor nitidez quién es nuestra razón de ser. Hay demasiadas oscuridades a lo largo y ancho del planeta: guerras fratricidas, personas que buscan cada día qué comer, pueblos que viven bajo el manto del miedo, jóvenes que buscan sentido… Se nos invita a ser personas y comunidades evangelizadoras, que irradien alegría, coherencia y hondura espiritual.3 

Rupnik describe con acierto dos tipos de alegría: alegría efervescente como la que provoca el champagne. Cuando se abre la botella hay explosión, burbujas, fuerza, que se va apagando poco a poco; es una alegría momentánea, efímera. Y hay otra alegría que llamamos silenciosa o cotidiana, que brota de sentirse personas habitadas por una fuerza interior de la que surge paz, ganas de vivir y de hacer el bien4. Es esa alegría serena y humilde, que no nace de nosotros, la que estamos llamados y llamadas a transmitir. Esa alegría que, pase lo que pase, nada ni nadie nos la puede quitar5. 

La coherencia es difícil, lo estamos viendo continuamente en las esferas más altas de nuestras sociedades y también en nosotros mismos. Pactar con los ídolos que se nos van colando, a costa de lo que sea, es más fácil. Sin embargo se nos pide valentía y audacia para recrear y transparentar con nuestra vida el evangelio de Jesús. La gente que nos rodea y nuestros alumnos y alumnas necesitan ver personas, normales y corrientes, que, sin muchas palabras y con gozo, apuestan por valores que hablan de libertad interior y nos acercan a los demás creando comunión. Nuestro mundo necesita más de testigos coherentes que de maestros, afirma Toño García6. 

Sin hondura espiritual no es posible irradiar alegría y coherencia evangélica. “No dejar apagar la llama”7 es también imperativo para nosotros. Juana de Lestonnac quiso poner al primer grupo de alumnas bajo la protección de María, con la recomendación de que no se quedara en algo puntual, sino que se renovara todos los años en todas las Casas de la Orden8. La pasión por Jesús y su Reino es un don frágil que hay que cuidar y alimentar, y María, como primera seguidora de su Hijo, nos enseña el camino. Es la compañera fiel en la que encontramos el reflejo de lo que queremos ser, de los testigos que este mundo necesita. 

Que la fiesta que celebramos renueve también en cada uno, en cada una, esa pasión que moviliza nuestras energías y hace salir lo mejor de lo que llevamos dentro. Esa pasión que se contagia porque sabe a verdad, a bondad, a justicia… 

 

Mª Rita Calvo Sanz ODN y Equipo General

 

 

1 Historia de la Orden. Ed. Lestonnac 2012, p. 165.

2 Ibid., p. 53.

3 XVIII Capítulo General. Orden de la Compañía de María Nuestra señora. ODN n. 35, Roma 2022, p. 255.

4 Cf. Rupnik M. I., El discernimiento. PPC, Madrid 2002. 

5 Juan, 16.22. 

6 García J. A., Ventanas que dan a Dios. Sal Terrae, 2019, p. 177. 

7 Historia de la Orden, p. 53. 

8 Ibid., p. 167.