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Covid y Centro Socioeducativo Lestonnac

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La crisis del Covid-19 desde el Centro Socioeducativo Lestonnac y la comunidad de Cartuja

Una vez más se nos vuelve a confirmar que es desde los márgenes desde donde mejor se puede contemplar la realidad, no en vano Jesús los frecuentó tanto. También se nos está confirmando que las situaciones de crisis son capaces de sacar lo mejor, pero también lo peor de lo que somos y por eso se impone discernir con mayor tacto espiritual. Después de pasar la primera semana llenas de desconcierto y quizá de un poco de parálisis, la comunidad de Cartuja y el equipo educativo del Centro nos pusimos manos a la obra.

Era inevitable evocar la experiencia de Santa Juana en tiempo de la peste de Burdeos; también, en las puertas de la Semana Santa irrumpía con fuerza la invitación de Jesús a un servicio descentrado, a una entrega apasionada con la conciencia de que Dios ha puesto en nuestras manos a tantas familias a las que queremos y sabemos que nos quieren… Tan fuerte era esta certeza que la búsqueda de cómo acompañarlas en esta situación se nos hizo una obsesión. Aunque no podemos dejar de confesar que tuvimos que vencer la tentación del repliegue y la reserva bajo capa de prudencia o con la justificación de que después de esta alarma sanitaria las necesidades serían aún mayores.

Es difícil decir “quédate en casa” cuando sabemos que nuestra gente se va a quedar sin los pocos recursos con los que contaba para salir adelante, cuando los niños y niñas no tienen como acceder a las tareas de la escuela, cuando se vive en casas muy pequeñas y encima, de vez en cuando, se te va la luz. Por eso, además de ese “nos quedamos en casa”, también nos pusimos manos a la obra para conseguir amortiguar un poco la brecha digital, posibilitar acceso a alimentación, informar de los recursos disponibles que se estaban poniendo en marcha y que ya llegaban tarde, acompañar a las familias, sostener ánimos, apoyar en las tareas escolares, buscar recursos para poder seguir manteniendo el servicio… Ahora, más que nunca nuestra presencia tiene sentido.

 

Y en medio de tanto sufrimiento e impotencia, los signos de resurrección no dejan de sorprendernos, llamadas de interés y cercanía por nosotras, pero también por el barrio, donativos para apoyar nuestro servicio, felicitaciones por nuestro trabajo, agradecimientos sinceros de mucha gente, preocupación de unos por otros, de unas por otras, profesionales de lo público y lo privado volcadas en las personas que peor lo tienen, empeñadas en que nadie se quede atrás, poniendo en común recursos y desvelos, coordinándose y sin medir horas de trabajo…

Sin pecar de ingenuidad, deseamos quedarnos con lo mejor de todo esto, con el crecimiento de la cercanía y los vínculos que nos unen, con el refuerzo de la dimensión comunitaria de nuestra vida y nuestro servicio, con la experiencia de vulnerabilidad que nos abre al agradecimiento, con el deseo de “que todos tenga vida y vida abundante”.

 

María Ruiz Clavijo Ponce de León odn

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